No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una Cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero, te quisiera.
Recemos diariamente este soneto que constituye el acto más perfecto de contrición. Si sale realmente de nuestro corazón borra cualquier pecado -aunado al propósito de no pecar más y de acudir a la confesión sacramental a la brevedad posible-. Luego de rezarlo así y en caso de morir, iremos a la bienaventuranza eterna.
.
No olvidemos que para recibir cualquier sacramento de vivos -comunión, confirmación, extremaunción, matrimonio y orden sacerdotal- se requiere necesariamente la confesión sacramental con el sacerdote, aunque ya se haya realizado el acto de contrición perfecta.
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