jueves, 3 de abril de 2025

EL GRAN JUICIO: LA HISTORIA DE UN HOMBRE QUE SE CREÍA JUSTIFICADO


 
Había una vez un hombre. Un hombre bueno. O al menos, eso pensaba él.

Era un hombre que creía. Creía con una fe inquebrantable. Creía, con toda la seguridad de un reformador con un martillo en la mano y una puerta frente a sí, que con esa fe bastaba. Que con esa fe, solo con esa fe, era justo ante Dios.

Había leído a Lutero y a Calvino con fervor, había discutido con todos sus amigos católicos, y estaba seguro, absolutamente seguro, de que la salvación era suya, sin obra alguna que demostrarlo. Y en su infinita seguridad, murió.

Y entonces, despertó en un gran salón.

No era un salón terrenal. No tenía muros visibles ni techo, y sin embargo, se sentía encerrado en él. No tenía luz que viniera de alguna parte, y sin embargo, todo estaba iluminado. No tenía voz que hablara y sin embargo, algo en él comprendía que el juicio había comenzado.

Y así, una voz —una voz que no necesitaba presentarse— le preguntó:

— ¿Has sido justo?

El hombre, con la misma seguridad con la que había discutido sobre sola fide en cientos de foros de Internet, levantó la barbilla y declaró:

— ¡Sí, porque tuve fe!

Hubo un silencio, como si el universo entero se hubiese detenido a escuchar su respuesta.

Y entonces, se abrió ante él un libro. Un libro enorme, como una gran cuenta de contabilidad divina. Su nombre estaba ahí, brillante y claro.

Y debajo de su nombre, nada.

Nada.

Ni una obra de misericordia. Ni una obra de caridad. Ni una sola vez en la que hubiera dado de comer al hambriento, vestido al desnudo, visitado al enfermo. Nada.

Y la voz preguntó de nuevo, con una calma que cortaba como una espada:

— ¿Dónde están tus frutos?

El hombre titubeó. Por primera vez en su vida, su seguridad empezó a desmoronarse.

— Pero… yo creí.

Y entonces, sin previo aviso, se oyó otra voz. Una voz escrita hace siglos en las páginas de un apóstol que él había decidido ignorar:

— “Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.” (Santiago 2,24)

El hombre sintió un escalofrío recorrer su alma. Pero aún no estaba derrotado. No, él tenía respuestas, respuestas que había repetido una y otra vez en vida.

— Pero, pero… San Pablo dijo que somos justificados por la fe.

Hubo otro silencio. Y entonces, apareció otra página, una carta escrita por el mismo Pablo que él había citado. Y en ella, estas palabras brillaban como fuego:

— “No son los que oyen la ley los justos ante Dios, sino los que la cumplen serán justificados.” (Romanos 2,13)

El hombre sintió que la seguridad se le escapaba de los dedos como arena en el viento.

— Pero… pero… yo fui justo porque Dios me lo imputó. Yo… yo no tenía que hacer nada, solo creer.

Hubo un susurro en el aire, un eco de siglos de sabiduría. Y entonces, desde la nada, surgió la figura de un hombre con una pluma en la mano y la mirada de quien ha derrotado herejías antes del desayuno.

San Roberto Belarmino.

— “Si la justificación consistiera solo en una declaración de justicia sin transformación real del alma, Dios sería un mentiroso, llamando justo a lo que sigue siendo injusto.”

Y por primera vez, el hombre vio el abismo de su error.

Dios no podía ser un mentiroso. Y sin embargo, su doctrina hacía de Dios un mentiroso. Porque si él, sucio, vacío, sin frutos, era llamado justo por un simple acto declarativo, entonces la justicia no tenía sentido.

— Pero… Lutero dijo…

Y en ese instante, otra figura apareció, con la calma de un león y la lógica de una máquina imparable. Santo Tomás de Aquino.

— “La justificación del impío es una transmutación del alma en la que, por la gracia de Dios, el pecador se vuelve verdaderamente justo.” (STh I-II, q. 113, a. 2)

— Pero…

Y entonces, apareció otro hombre. Un obispo de corazón de fuego y lengua afilada, un caballero que había destrozado la herejía con palabras tan dulces como implacables.

San Francisco de Sales.

— “La justificación que no produce un cambio real es un fantasma sin sustancia. Si la fe sin obras está muerta, ¿cómo podría justificar lo que está muerto?”

El hombre sintió que su alma temblaba.

Y entonces, la voz volvió a hablar.

— Dios te creó sin ti, pero no te salvará sin ti.

El hombre reconoció las palabras. San Agustín las había dicho. Las había leído. Pero nunca las había entendido.

Porque toda su vida, él había creído que la salvación era un cheque en blanco. Que podía creer y seguir igual. Que su alma podía ser un cadáver envuelto en un manto de justificación imputada.

Pero ahora lo veía. Ahora lo entendía. El alma debía ser transformada. La fe debía ser acompañada por el amor. La gracia no solo cubría el alma, sino que la hacía nueva.

Y él… él no había hecho nada.

Y en ese instante, comprendió lo que significaba la parábola de los talentos. Comprendió lo que significaban las palabras de Cristo:

— “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber.” (Mateo 25,41-42)

Él creía que Dios no le pediría nada más que fe. Pero ahora veía que Dios esperaba frutos. Y no los tenía.

Y por primera vez en su existencia, el terror le invadió.

La voz habló por última vez.

— Si me amáis, guardad mis mandamientos. (Juan 14,15)

El libro se cerró.

Y el hombre, que había muerto creyéndose justificado, cayó en el abismo.


Epílogo: La Lección

El error protestante es un error fatal. Un error que suena piadoso, pero que en realidad es la mayor traición a la Escritura.

El hombre que confía en una justificación forense, en una justicia que no lo cambia, está viviendo una mentira.

Porque Dios no llama justo a lo que sigue siendo injusto.

Porque la fe sin obras es muerta.

Porque la gracia no solo cubre, sino que transforma.

Porque Dios nos creó sin nosotros, pero no nos salvará sin nosotros.

El hombre del juicio lo entendió demasiado tarde.

Pero tú, que has leído esto, aún estás a tiempo.

OMO

martes, 1 de abril de 2025

DAME TIEMPO SEÑOR



Dame tiempo Señor para que el mundo, la enfermedad y los agobios de la vida no me aparten de Ti.

Dame tiempo Señor para gozar y recrear mi alma en tanta belleza gratuita como me has regalado.

Dame tiempo Señor para contemplar los campos, saborear el agua, oler las flores y mirar las aves del cielo.

Dame tiempo Señor para seguir tus huellas y ojalá mi torpeza no las haga borrar.

Dame tiempo Señor para adorarte, alabarte y gozar de Ti.

Dame Señor tu tiempo para crecer en santidad, muriendo cada día un poco más.

Dame Señor tu tiempo y enséñame Maestro a caminar por donde Tú caminas.

Dame Señor de tu agua viva para colmar mi sed de Dios.

Amen.

viernes, 28 de marzo de 2025

EN DEFENSA DE LA COCINA, DE LAS FALDAS Y DE LA CIVILIZACIÓN


 EN DEFENSA DE LA COCINA, DE LAS FALDAS Y DE LA CIVILIZACIÓN (O POR QUÉ FREÍR UN HUEVO ES MÁS REVOLUCIONARIO QUE ESCRIBIR UN LIBRO SOBRE LIDERAZGO FEMENINO)

“Una mujer santa basta para sostener una casa, y una casa santa basta para sostener un pueblo.”
— Santa Teresa de Jesús


DEDICADO
A todas las mujeres que han sostenido el mundo sin figurar en ningún currículum.
A las que callan, sirven, rezan y aman con heroísmo cotidiano.
Y a las que lo han olvidado… para que vuelvan.


HAY MUJERES QUE HOY rezan el rosario, comulgan en latín, leen a San Luis María y aún así creen que cocinar es perder el tiempo. Mujeres que aplauden el dogma de la Asunción, pero se escandalizan si uno sugiere que deberían volver a usar falda. Mujeres que proclaman a la Virgen como Reina… pero que consideran humillante tender la ropa, lavar el piso o hacer pan con sus propias manos.

Así están las cosas: las católicas “formadas” ya no quieren formar a nadie. Ni almas, ni hijos, ni pasteles.


I. LA MODERNIDAD NO EMPEZÓ EN LAS UNIVERSIDADES, SINO EN LA COCINA VACÍA

La Revolución no llegó con fusiles, sino con microondas. El día en que la madre dejó de servir la comida, y comenzó a pedirla por teléfono, comenzó el derrumbe de Occidente.

“La desintegración de la familia no comenzó en los tribunales, sino en la mesa mal servida.” —Jean Ousset

Hoy todo el mundo llora por la crisis de vocaciones, por la corrupción política, por la degeneración moral. Pero nadie se atreve a decir lo evidente: la caída empezó cuando la mujer dejó el hogar para “realizarse” en tareas que ningún hombre con sentido común hubiera envidiado.

Y así, mientras ellas redactaban políticas institucionales sobre igualdad de género desde un cubículo sin ventanas, sus hijos aprendían a pensar con TikTok, y sus esposos se hacían expertos en recalentar lo que quedaba de su matrimonio.

Porque sí, el alma también se enfría cuando se sirve en platos desechables.


II. EL EGO ILUSTRADO CON VELO Y BLAZER

Una generación de mujeres se ha convencido de que ser ama de casa es algo que se “tolera” cuando no hay otra opción. Y han hecho de su currículum su biografía espiritual. Ya no dicen “soy madre”, sino “soy abogada y además tengo hijos”. Ya no dicen “soy esposa”, sino “soy consultora con especialidad en conciliación hogar-trabajo”.

“Hay más vocación en una madre que canta que en diez activistas que gritan.” —Rafael Gambra

La verdad es esta: se han convertido en hombres mediocres, sin dejar de ser mujeres frustradas.

Van a misa, sí, pero no oyen la música del hogar. Hablan de castidad, pero no tienen idea del pudor. Rezan novenas, pero no saben coser un botón. Admiran a Santa Mónica, pero les parece un desperdicio quedarse en casa cuidando a un hijo que —¡horror!— aún no sabe leer a Santo Tomás.

Y mientras sus abuelas, con menos estudios, criaban santos, estas nuevas iluminadas apenas logran criar adultos funcionales.

“La mujer moderna quiere hacer todo lo que hace el hombre… menos lo que el hombre hace bien.” —G.K. Chesterton

Conocí a un caballero, hombre letrado y de corazón piadoso, que en un almuerzo parroquial —de esos donde abunda la teología sin sal— se atrevió a lanzar una pregunta aparentemente inofensiva:

“¿Por qué no escribís recetas de cocina?” —dijo, dirigiéndose a un grupo de señoras católicas modernas, doctas en cánones y feminismo espiritualizado.

La reacción fue inmediata: lo miraron como si hubiese propuesto reinstaurar la Inquisición. Una de ellas, ofendida, murmuró algo sobre “reducción de la mujer a la cocina”, mientras otra —con estudios en género y angelología— declaró con solemnidad que “las mujeres católicas de hoy están para cosas más elevadas”.

Curioso. Santa Hildegarda escribió recetas, Santa Zita cocinaba, Santa Teresa daba instrucciones para hacer potajes y San Benito organizó monasterios con horarios precisos para preparar el pan. Pero claro, ellas no tenían Twitter.


III. LA COCINA NO ES ESCLAVITUD: ES GOBIERNO LITÚRGICO

La cocina no es el rincón de los subordinados. Es el corazón del hogar, el laboratorio del amor concreto, el lugar donde se convierte el tiempo en pan, y el pan en comunión.

Allí se canta, se reza, se consuela, se forma el gusto, se transmiten historias, y se prepara el ánimo para enfrentar el mundo.

“No hay liturgia sin altar, ni hogar sin fuego. Y el fuego, en la casa, lo enciende la mujer.” —Mons. Henri Delassus

La mujer tradicional no era sumisa, era imparable. Organizaba, cuidaba, mandaba, embellecía, educaba, corregía, tejía, cocinaba y rezaba. Y todo sin quejarse de que “nadie valora su esfuerzo”. No necesitaba validación porque sabía que estaba haciendo lo único importante.


IV. LO QUE SE PIERDE CUANDO UNA MUJER DEJA EL HOGAR

 • Se pierde la primera escuela de virtud.
 • Se pierde la posibilidad de formar el corazón antes que el cerebro.
 • Se pierde la belleza de lo cotidiano: el mantel limpio, la sopa caliente, el olor a hogar.
 • Se pierde el canto en voz baja mientras se barre.
 • Se pierde el orden que sostiene la paz.
 • Se pierde el alma de la civilización.

“El hogar cristiano no es una construcción humana, sino una realidad querida por Dios.” —Pío XII

¿Y qué se gana? Un sueldo que apenas alcanza para pagar terapias familiares, escuelas carísimas que educan contra la fe, y una sensación crónica de culpa que ninguna charla de espiritualidad logra calmar.


V. QUERIDAS CATÓLICAS “FORMADAS”… HAN SIDO ENGAÑADAS

No son más libres. No son más respetadas. No son más felices.

La oficina las ha envejecido antes de tiempo. Los pantalones las han endurecido. El desprecio por la cocina las ha alejado del misterio. Porque el fuego del hogar no es un símbolo cursi: es un altar. Y quien lo abandona, abandona su sacerdocio femenino.

“Dios no dio a la mujer el púlpito, sino algo más alto: el regazo donde los santos aprenden a hablar.” —San Francisco de Sales

No queremos “debatir” esto. Queremos anunciarlo, como un profeta anuncia la lluvia después del desierto.


VI. FINAL (Y SIN POSTRE)

No es una imposición, claro está. Es apenas una sugerencia fraterna, hecha con el aroma de un pan recién horneado y la certeza de que, si el mundo ha perdido el rumbo, es porque vosotras —sí, vosotras— salisteis por la puerta equivocada.

¿Es ofensivo sugerir que escribáis recetas de cocina? Tal vez. Pero más ofensivo es que no sepáis ninguna.

Volved. Volved antes de que no haya a dónde volver. Volved antes de que vuestros hijos os miren como extrañas. Antes de que la Iglesia se parezca más a una ONG que a una madre. Antes de que el mundo termine de quebrarse por falta de mujeres que sepan cocinar, amar, callar y cantar.

Volved con delantal y con gloria. Con falda y con fuerza. Con harina en las manos y oración en los labios.

Volved no porque seáis esclavas, sino porque sois reinas. Y las reinas no desprecian su palacio: lo gobiernan desde dentro.

María no necesitó púlpito, porque su vida entera fue un himno silencioso. Ella cocinó, sirvió, esperó, guardó… y en ese silencio —más elocuente que mil tratados—, se gestó la redención. Por eso es Reina: no porque hablara más fuerte, sino porque escuchó más hondo.

Porque cuando una mujer enciende su cocina con amor, el infierno tiembla.
Y cuando vuelve a su hogar, el demonio pierde territorio.

Oscar Mendez O.

jueves, 27 de marzo de 2025

SI LO COMPRENDIERA...


"¡Oh, qué grande es un sacerdote! El sacerdote no comprenderá la grandeza de su oficio hasta que esté en el cielo. Si él lo entendiera en la tierra, moriría, no por miedo, sino por amor". 

- San Juan María Vianney

miércoles, 26 de marzo de 2025

COMPOSICIÓN ADITIVA


En la Sagrada Familia de Barcelona se encuentra esta curiosidad que permite que cualquier suma, ya sea horizontal, vertical o transversal, dé como resultado la edad que alcanzó N.S. Jesucristo: 33.


martes, 25 de marzo de 2025

25 DE MARZO: LA ANUNCIACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA Y ENCARNACIÓN DEL VERBO


La fiesta de hoy nos recuerda el gran acontecimiento de la historia: la Encarnación del Señor en el seno purísimo de una Virgen. En este día el Verbo se hizo carne, y se unió para siempre a la humanidad de JESÚS. El misterio de la Encarnación merece a María Santísima su título más hermoso, el de «Madre de DIOS», en griego Teotokos nombre que la Iglesia oriental escribía siempre con letras de oro, a manera de preciosa diadema en la frente de sus imágenes pintadas y en sus estatuas. «Colocada en los confines de la Divinidad», pues suministró al Verbo de DIOS la carne a que hipostáticamente se unía, la Virgen fue honrada siempre con culto supereminente llamado de «hiperdulía»: el hijo del Padre y el hijo de la Virgen se convierten naturalmente en un solo y mismo Hijo, dice San Anselmo; y siendo desde entonces María Virgen la reina del humano linaje todos debemos de venerarla. 

Ya que el título de Madre de DIOS hace a María Plenipotenciaria, pidámosle interceda ante Nuestro Redentor, para que por los méritos de Su Pasión y Su Cruz, lleguemos a la gloria de Su Resurrección. Que así sea.

MEDITACIÓN SOBRE LA ANUNCIACIÓN

I. Hoy, María Santísima es hecha Madre de DIOS; su humildad y su pureza le han valido este inefable honor. ¡Cuánta alegría me da, oh divina María, veros elevada a tan alto rango de gloria! Y puesto que sois Madre de JESUCRISTO N.S., también lo sois de los cristianos. ¡Ah, cuán consolador es este pensamiento! Sois todopoderosa para socorrerme, porque sois la Madre de DIOS; poseéis un corazón henchido de amor por mí, porque sois mi Madre. También yo, si quiero, mediante la fe y la caridad puedo poseer a JESÚSús en mi corazón. María Virgen ha engendrado a CRISTO según la carne, todos los cristianos pueden engendrarle en sus corazones por la fe (San Ambrosio).

II. Desde hoy, JESÚS es nuestro hermano; el amor que nos tiene lo hace semejante a nosotros, a fin de hacernos semejantes a Él. Viene a la tierra para que vayamos al Cielo. ¡Os adoro, Verbo encarnado en el seno virginal de María Castísima! ¡Quien me diera el poder de haceros una merced tan preciosa como Vos me hicisteis! Oh. Hermano y Redentor amabilísimo, os ofrezco todos mis afanes y mis obras , todo mi ser.

III. María Purísima es nuestra Madre, JESÚS nuestro Hermano: ¿somos dignos hijos de María Inmaculada, dignos hermanos de JESUCRISTO N.S.? María Santísima es totalmente pura, humilde y obediente: ¿posees tú esas virtudes? NS JESUCRISTO en todo busca la gloria de Su Padre y la salvación de las almas: ¿estás animado tú del mismo celo? ¿No tendría motivo JESÚS para quejarse y decir a su Madre amada: Los hijos de mi Madre han combatido contra mí? (Cantar de los Cantares).

ORACIÓN

Oh DIOS y Señor Nuestro, que habéis querido que Vuestro Verbo se encarnase en el seno de la bienaventurada Virgen María en el momento en el que al anunciarle el Ángel este misterio, Ella pronunció su «Fíat», conceded que nuestras plegarias, mientras honramos a la que firmemente creemos que verdaderamente es Madre de DIOS, obtengan el auxilio de su intercesión junto a Vos.

Por JESUCRISTO N.S., Amén.